La mayoría de las veces pongo frente a mis ojos un arma. La contemplo absorto, fascinado o escéptico, todo - toda adjetivación- depende de su belleza y poder. Parecen ser escalinatas de mármol por las que mis manos ascienden con mucho cuidado como si fuera un cuerpo femenino - peligroso y placentero- , precaviendo que no sean espejismos, procurando que de la caja de Pandora no se libere el último mal, aguardando el preciso instante en que los párpados dejan de ser velos...
La mayoría de las veces pongo frente a mis ojos un arma. Son una proyección mental mediada por el espejo oculto de las metáforas que arden en mis labios- aunque ellos no siempre se enteran-. Confieso al mundo iluso de paz que me encanta dispararlas como si se entablara un duelo muerte entre ella. Lo problemático es cuando ellas no bastan -o mueren- y van sus dueños desarmados a ayudarlas en la batalla con carne y sangre como si fueran armas. Pero eso no es todo, pues al término de la batalla van los necrófilos de armas por sus cadáveres. ¡Lamentable, no conocen la terrible enfermedad venérea que transmiten aún después de muertas!

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