I
Un horizonte cargado de cielos respiro,
Escuchando al destino devenir certero
En sus recovecos que confunden,
En sus ascensos y descensos,
Que siempre son uno y todo.
Uno yo y uno el mundo
Tantas veces oído cual vendaval
Tantas veces visto cual carnaval
Tantas veces transfigurado en carne
Y otras tantas encarnado en verbo
Haces blasón de ti mismo
Oh, sino, sin epíteto
Sí, tantas veces todo
Y algunas veces vano y fugaz.
Empero en la tierra y los vientos,
Donde se cree mueren la voz y el cuerpo,
Reverberan escondidas las formas del tiempo:
Espejo humano y subterfugio eterno
Trascendencia y delicia
Fulgor y misterio.
Aferrarse es quietud de muerte
Como cerrar los ojos y construir
Por eso es mejor danzar
En esta inquebrantable unidad
Que llamamos existencia
II
El viento esconde junto al tiempo
Ese perfume que atraviesa las estaciones
Esos pistilos que atraviesan los segundos
¿Será acaso lo qué no se puede dejar?
Inútil es intentar conocer los extremos
El límite se difumina y exige un cuerpo
Pero nos basta saber que el segundo es eterno
Y suponer que infinito es el espacio
Para trascender(se)
¿Será acaso tu impaciencia y tozudez,
El decantar de tus diáfanos ojos sobre mi,
Tu infantil llanto y valentía en la tragedia,
Tu virginal e intacto cuerpo,
La infinitud de tus anhelos,
La inocencia y....
¿Serás acaso tú lo que no se puede dejar?
Por el sagrado oráculo y el impenetrable velo,
Sé que podemos trascender(nos)
Sé que podemos estar uncidos...
Un camino que acaso siendo uno es todo...
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